IMAGINA – Escribir ficción en México

Juan Villalobos

Imagínate que naciste en un país que se llama México. Imagínate que eres novelista, que quieres escribir ficción. Imagínate que tus historias suceden en México, que tus personajes son mexicanos, que hablan español. Imagínate que enciendes la radio mexicana cada mañana (en realidad no enciendes la radio, en realidad activas un app en tu teléfono celular). Imagínate que escuchas: que doce personas han desaparecido de un after hours del centro de la ciudad de México, que nadie tiene la más mínima idea de qué fue lo que pasó. Simplemente se esfumaron. Imagínatelo. Y ese día tú tienes que escribir un cuento, tú estás escribiendo un cuento para una revista americana. Un cuento policiaco, eso fue lo que te pidieron: un cuento que hable de “las contradicciones de América Latina”. Y tú piensas: ¿qué voy a escribir? Pero en la radio la ex-esposa de un ministro de la suprema corte de justicia cuenta que ha pasado un año en la cárcel como venganza de su marido por un pleito por el monto de la pensión de los hijos. Los hijos que padecen, además, autismo. Imagínatelo. Entonces recuerdas que es el cumpleaños de tu hermana menor, que sigue viviendo en el pueblo donde naciste y creciste. Así que la llamas para felicitarla y después de las frases hechas con las que se celebran los cumpleaños preguntas cómo van las cosas por allá. Una pregunta inocente. Y tu hermana te dice que el pasado fin de semana desaparecieron seis jóvenes en el pueblo (ella dice “chavos”, no dice jóvenes). Imagínate. Dice que en lo que va del año hay veinticinco desaparecidos. En tu pueblo donde no pasaba nada. En ese pueblo aburrido que fue escenario de tu segunda novela. Y tú tienes que escribir un cuento. Y además estás escribiendo tu tercera novela, una novela también sobre México. ¿Cómo escribir? ¿Qué escribir? ¿Cómo desafiar a la realidad desde la literatura cuando la realidad te golpea y te aplasta y te hace sentir que tu pobre imaginación vulgar nunca podrá alcanzarla, ni siquiera rozarla? Imagínate escribir ficción en México. Recuerdas un par de datos: ochenta mil muertos y veinticinco mil desaparecidos en la “guerra contra el narco” del 2006 al 2012; ochenta periodistas asesinados. Luego piensas en tu hermano que fue extorsionado. En tu mejor amigo, tu amigo de la infancia, que fue secuestrado y que estuvo tirado en un maizal con una pistola en la cabeza esperando el tiro de gracia. Imagínatelo. Imagínate estar tirado en medio del campo con una pistola en la cabeza escuchando que alguien te grita: ¡si te mueves te carga la chingada! Luego te dicen que te levantes y que camines y te vayas. Con los ojos cerrados. Y tú te levantas e intentas caminar pero tropiezas y caes y vuelves a tropezar y a caer. Porque estás seguro de que te van a disparar por la espalda. No tienes ninguna duda de que vas a morir. Imagínate que vas a morir de un disparo en la espalda. Entonces te dicen: tú abre los ojos, estás muy pendejo. Y por fin puedes caminar y te vas y no te disparan, sólo te han robado el coche, el dinero, una laptop, un iPad, un celular. Sigues vivo pero algo se te murió dentro (se te murió México, imagínate que se te muere tu país dentro del cuerpo) y te pones paranoico. Y cuando al día siguiente alguien te llama por error en la madrugada tú juras que te están espiando, así que haces una maleta y te vas de inmediato al aeropuerto y te subes a un avión que te lleva a cualquier lugar, lejos, mientras juras y perjuras que te vas a largar de una puta vez de México, que te vas a Canadá, o a Estados Unidos, o a Europa, qué más da. Imagínatelo. Tú sentado pensando en la trama de un cuento y de una novela mientras toda esta realidad se viene encima de ti y te aniquila. La página en blanco por tanta rabia acumulada. ¿Cómo sacar esa rabia? Qué tal hablando. Qué tal aquella vez que hablaste cosas terribles de la situación en México en un evento en el extranjero, qué tal la mirada del agregado cultural de la embajada mexicana, ¿te acuerdas?, qué tal el discurso de una hora sobre los logros incuestionables del gobierno que tuviste que soportar cuando te llevaba al aeropuerto. Una hora escuchando cifras del país de la fantasía, a ver si te enteras de la verdad. Imagínatelo. La demagogia viaja en los autos del servicio diplomático nacional. Pero la radio no se detiene y hay más noticias: tu periódico favorito acaba de pedir disculpas a un gobernador corrupto por no haber podido probar suficientemente la trama de corrupción que había destapado. Los abogados del gobernador son más poderosos que los abogados de tu periódico, qué novedad, eso seguro que puedes imaginártelo. Escuchas al director de tu periódico, al que tú admiras, diciendo lo que tú sabes que no cree, un discurso conciliador porque de lo contrario los buitres del gobernador caerán sobre el periódico y le quitarán hasta el último centavo. Lo importante es que el periódico sobreviva, que trate de seguir informando sobre lo que pasa en el país. Aunque tenga que pedir disculpas. Imagínatelo. La rabia te desborda. Tú no puedes escribir en este estado. No se puede ni siquiera pensar. No se puede vivir. No se debería poder vivir. Pero se puede, sí, se puede. Se tiene que poder. Hay que escribir. Así que respiras y miras la página en blanco. Tomas la pluma. Y vas a escribir.

 

 

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